Algunos ruidos había, pasaban
por el cráneo de cristal apoyado
en la repisa, y se encaminaban
rasando las espaldas, las junturas
de los nervios en la clavícula.
Una película de la nada, apoyada,
clavada, haciendo los ecos del instante
que pasamos junto al lavarropas
y la pileta de la cocina con tazas flotando.
Caminar de una pared hasta el juncal,
la ventana, ruta de aprendizaje
de las vocales y sus escrituras fosfóricas.
Apretaba el cráneo de seda contra los labios,
cristal molido de la playa y la arena
batiendo la melodía de una estación.
Caminamos. Dos personas.
Se juntan en la molicie del café,
miran caer la tarde desde una ventana.
Con los zapatos marrones desatados
vamos a dar una vuelta, hermana
y hermano frente a la cúpula
de los helados nos detenemos,
moscas azules en la heladera.
Como padre e hija, como muchacho
y muchacha o amigo-amigo.
El cielo, los rasgos de tu cara en el sol,
lo que querías decir en una media lengua
que aquilataba la espera, los gestos,
los cordones de los zapatos enredados
y con manchas de rocío.
Recordábamos sentados o un poco más lejos,
abismos que la luz leía, suaves planos
donde desnudos nos miramos al espejo.
Era el alba clara, cuando la chica seca
su vestido contra la estufa, y en el cuarto
se despeja una energía azul de primer día.
Las calles de agosto con un viento abdominal,
tardío; que roe los parques, los juegos
vistos desde la ventana del colectivo.
Recordábamos, dejábamos rodar el tiempo
en un declive dulce, prolongado;
como ciertas drogas que tallan
en los huesos la cifra de un record.
Arriba y abajo donde se bifurcan
los amores infantiles, una moto de agua
rompe el silencio, aquello de la luz
cuando se agota, el llamado de una nena,
ondas de calor que distraen.
Membrillo y unas tardes doradas,
arena en los ojos, el llamado alargado
en la comisura de los labios,
un juguete manso en la arena de pie.
Ah..., cantabas una lenta cumbia,
cambiabas de color y te encontrabas
en el centro pasajero de una rima.
Juntidad del coral, anillos que ella compraría,
que ella metería los dedos ahí.
Humo, clorofila, puentes de helado
en los terrones deshechos, apelmazados.
A la mañana cuando el olor del pan
despierta a las camitas, sus patas de madera,
música atigrada trepando las paredes...
El amor de un hijo cambiaría,
como los segundos de las horas,
las teclas de un juego acuático.
Sus manos opondrían la fijeza
de sus sueños, los segundos
conquistados en la sangre ciega.
Y está bien así, las paredes enganchan
a esos fantasmas que se vuelan de un corte.
El pelo de cepillo para que le digan:
-pibe volvé en otro momento,
esto lo va a saber tu viejo.
Las paredes escritas de su piel
y en la ropa el gusano verde, seráfico.
Pasarían días difíciles, aburridos;
con el tiempo cambiado se dormirá de día,
y en la noche aparecerán las llagas
de un color rojizo; todo cambiaría,
los espacios destinados a los útiles,
o aquel manojo de lápices en un cubo fluor...
Se sellarían porcelanas y pactos, a los días.
Con luz de sol se ven unas palabras:
alegría de una época: Marisa 1973.
Cinta que encogiera su talle
al abrigar un cuerpo de muchacha,
que diera soltura y moldeara
momentos, soledad ambiente
que entrelazara una vida o años.
Sintió como que un dique se rompía:
un cauce se abrió. Pequeños pajaros
comían pan en su jardín. Alguien
seguramente dejó unas cortezas
apiladas sobre el césped, alimento seguro,
excusa de pasearse en otros frentes.
Por la tarde se sentía el ruido de los martillazos
sobre las tejas de los techos vecinos.
El invierno se fijaba a lo lejos
en la repentina oscuridad del aire
que bajaba de las montañas invisibles.
Hace frío: todos están dormidos.
Y él quisiera inscribirse en la piel
de un animal. Con el color celeste
que cambia hacia un rosa sin par,
los ojos clavados en la textura del abrigo.
Es muy tarde: las palabras dichas al pasar,
bajo las arcadas, al entrar en los ambientes
que conservan algo de su pintura original.
Y él quisiera cubrirse en esa manta,
detener la fina capa gris de la lluvia
cuando cae. Las ventanas deletrean,
toc-tac, alguien mueve sus manos
sobre un libro, pasando las hojas al revés.
Y él quisiera acercarse al instante
en que nació, pero de una forma inversa,
acoplarse con la piel del animal.
Si me escucharas hablar, como hablaron
antes de mi unos niños con ojos de espiral,
recibiendo mensajes, interpretandolos
para el otro costado de la cama,
donde la trasmision seria más nitida.
Simetricas estructuras de carton,
pueden caber en una mano.
Sitios abandonados, con polvo
de los años en que los estudiantes
pintaron consignas en la pared del rectorado.
Y vos estabas muda, displicente,
evaporando en una taza de té
el contenido de unos años.
El patio desierto fue final y comedido,
las fiestas se pasaron, lejanas y blancas,
con una simpatia del coral, la docta imprenta
escupió los volantes del cursillo
que darias ese mes. Retrograbados...
Pilas de agua, alli donde yo me pasé una semana
intentando estampar en una tela
la cara de tu hermana más chica,
fumando en la puerta de la enfermeria,
de un hospital en Temperley.
Donde decia, ellas, llevaban zapatos de algodón,
que habia que reponer a cada rato...
Elevandose entre las camas, acercando
el papagayo a un viejo sirviente,
con las plantas de helechos metiendose por las ventanas,
haciendo algo más alegre la vida,
el movimiento, los campos que hay que concordar
para realizar la operación correcta, deseada.