08-03-1992
San José es de piel tibia y manos pegajosas.
Un cuerpo ácido. Hechicero que le pasó el fato del dragón a San Jorge, porque tuvo miedo.
San José es lentitud de guaro y letras que se mezclan en un idioma de mareo.
Santo José de cofrades psiquiatras que toman café sentados en la tierra.
La noche travesti protege los alrededores del cine Líbano y descarga una luz roja sobre los cuerpos sin sombra apoyados en la madera musgosa de las casas del amor.
Mara es pagana. Sus rodillas tientan a los automovilistas.
Luisa es tan sensual como el agua. Algunos hombres temen al rumor de que está muerta y sin embargo, se pasea ante los ojos como un tigre enamorado de un ciervo.
Juana bebe todas las noches antes de ofrecer su cuerpo a un dios negro. Su vestido blanco jamas se mancha.
El amanecer trae el murmullo de las fábricas. La electricidad despierta a las máquinas.
San José con su piel tibia y manos de manera suave.
Un dragón se pasea por la avenida Segunda.
15-03-1992
Atravesar una nube es como desprenderte de un fantasma. Camino al Irazú, te sonríe el campesino roto. Un negro sangra recostado sobre una tumba de montaña, un coyote cruza la ruta muy despacio.
El diablo lo observa todo sentado en una piedra.
Atrás quedó Cartago, ciudad invencible de iglesias destruidas y bares de madera donde se aman las víctimas.
Dentro de un volcán, el viento descubre un infierno mas allá de las nubes. Mi boca es ojo abierto, el azufre sabe al mal, un vodka infrarrojo contiene a una lengua deshecha.
Busco en la ceniza, la telaraña del miedo, el metal hirviente a mil grados. Un dragón duerme en el borde rojo de una pared estriada, Nadie como él para ver la puesta del sol.
En lo profundo, el lago: un bebedero de caballos olímpicos, la pileta del diablo. Por las noches, las reposeras brillan y los vasos de whisky saben a sal.
Un monje lama inclinando su cabeza hacia un costado. En la playa de cenizas, cientos de rapados vestidos de cuero, levitan.
Un monje lama mueve su cabeza hacia ambos lados, La muerte está al poniente.
Todo desaparece entre el olor a azufre y el viento. Yo soy hacia el borde del mundo.
Los lamas sonríen a veces.
21-03-1992
Una torre de electricidad inyecta al cielo desde una leyenda bíblica, en su base de cemento. Camino a Cartago. Torres bíblicas, la caída de una iglesia.
Cartago seduce. Cartago es funeral de virgen negra arrojada al río por un poeta. Cartago es prisión que actúa en la sangre y convierte en vino a los presos.
Recorro Cartago con piernas de látigo. Cartago es el reformatorio de los ojos. Y la vieja de epilepsia
mística, endurece mojada en agua bendita.
30-03-1992
Un auto atascado en la playa. Como una boca abierta en la noche. Los cangrejos escarban la arena en busca de Dios. Neptuno acaricia sirenas, ellas lamen las escamas de platino de sus cuerpos calientes.
El mar: un tiburón tan negro y escurridizo como la muerte.
Los enviados de Neptuno levantan el auto y nos ponen en camino. La ciudad de Jacó es misericordiosa con sus plantas.
Baja la tarde en Quepos. Un pueblo con sabor a fruta podrida arrojada a la calle. La noche ahora es una quermesse. Y una quermesse es un baldío decorado lleno de carne triste.
La ruta es un vidrio hirviendo, electroshock de palmas africanas. Mi sangre, gas oil; el calor y el nácar en mis ojos.
La vegetación hacia Manuel Antonio lastima. Un odio verde de olor a hojas curativas, a te del médico para mis noches de fiebre.
Manuel Antonio narra versiones inglesas de una biblia negra.
Camino el sendero hacia la playa sin ropas y sin cuerpo. Y el show del dios iguana. El aceite de los árboles, no hay dulce en los ojos, las miradas son púas, el dios iguana agradece con su lengua y permanece inmóvil.
Los cangrejos rojos se acercan. Dios iguana tuerce erótico sus muslos, los cangrejos se paran en dos patas. Arboles caen en la arena, flotan en el agua los frutos venenosos.
Mis manos en forma de cuenco con la fruta en cuestión de segundos, los dientes llegan hasta la semilla la comisura de mis labios derramando un líquido verde, los ojos no enfocan bien, las manos tiemblan apenas dios iguana se desprende de su cuerpo, el paisaje se torna radioactivo este relax tiene bordes de videncia. Las iguanas nacen y se proclaman dios salado junto a las niñas de vestidos rojos que caminan mar adentro.
En un cómodo asiento a 120 km. Por hora vuelvo hacia Quepos. El auto huele a birra, a metal y a recuerdo haber estado en esto de pegarle al dios iguana con mis ojos en medio de sus ojos.
05-04-1992
Las compuertas de la represa han sido abandonadas por el agua. Una piedra se alimenta del óxido y descansa sobre el cemento. En el puente, los ciclistas hierven en su propio sudor.
Los buitres vuelan en círculo.
La ruta sube bordeando la piel de los cerros. Dios fusila al diablo en una ladera, las hormigas que devoran mis pies son mágicas.
Un árbol cuelga de sus ramas cientos de barbas, frutos de algún viejo pensador de extraños pasatiempos. El sonido es de un pequeño arroyo narcótico, las paredes de las ruinas de una iglesia, empapadas de savia caliente, algunas barbas aún secándose al sol.
Abajo, en el valle de Orosí, la pintura de un Bosco embebido en ron mordiéndose la lengua, delineando un infierno de pueblos hundidos.
Doscientos años de fraile fertilizan un pequeño cementerio de piedra y pasto grueso.
Apoyadas en el portal de la iglesia, las bicicletas sometidas a la vejez que ofrece la herrumbre.
Dentro, un grupo de esqueléticos ciclistas en trance.
La neblina cubre el cementerio. Busco el sentido a los graznidos de los pájaros. Alguien me acaricia con ternura el brazo izquierdo, pero estoy solo.
Una velocidad esquizo me abre a las puertas de un museo religioso imágenes en madera de Cristos con el horror pegado en los ojos, vírgenes con astillas en sus pechos y pelos humanos. Un cuarto de reclusión con camastro de cuero podrido y armarios cubiertos de polvo. Un cura de cristal fantasma, estira su mano y me pide que lo escuche.
“Bajo las piedras, todo se ve de colores rojos. No estoy seguro si es el cielo o el infierno. Si la lluvia es generosa, refresca y uno tiene mas ganas de ordenar sus cosas”
Orosí fue la fe roja en las columnas de madera y los huesos podrido de un fantasma tímido.
09-04-1992
Joey es albino. Los espectros negros y el diablo, verde. Sus huellas ortopédicas son de cera roja en verano.
Las seis de la tarde y Joey puntual, se sienta en las escaleras de la galería, aspira el paso de los trailer cargados de café, acomoda sus vértebras y regresa al local en ruinas donde vende los artículos de Dios.
Pregunto por esa vieja máquina de calcular, orgulloso me muestra su colección de monedas de plata, halladas dentro de los cascos de los bergantines que se desintegran frente a las costas de Limón.
La deshilachada bandera roja y azul apretada en un duro bastidor, velas talladas por los dedos de un paranormal, la gran telaraña de la suerte cuelga su astrología de insectos.
Joey es un albino de vista cuadrafónica cuando cae la tarde.
Una foto ajada entre sus manos temblorosas, el perfil de un fürer de venas henchidas.
Los ojos de Joey desaparecen, su brazo derecho es una grúa antigua levantando containers llenos de piel fresca hacia el cielo gris.
Frascos de agua santa brillan en los estantes polvorientos, el humo de neumático quemado arranca los vidrios de los pasillos de la galería, Joey inmóvil enfrentado a un mapa de ciudades infernales recorridas en sueños.
Una brisa fría recoge los papeles y las ramas, mientras imagino barricadas en la avenida central de Guadalupe.
31-05-1992
Jacó no es igual a Atenas. Ni arde como Londres en las coches. No hay cementerios como en Falklands. Tampoco vacas descuartizadas como en Vietcong.
Jacó no pesa como Buenos Aires. No existen gasolineras azules, como en Canadá.
Jacó es el aserradero de piernas mas grande que he visto.
Su océano es recto. Muchas líneas dan a la paya. Los surfers alemanes diseñan sus caídas.
Desde lo alto puedo ver las piedras traídas por la marea, dibujando diagonales que no se cruzan, y las cabezas cuadradas de los almendros.
Cae la noche. Una bruma color lila avanza desde el mar. Las cosas se eliminan a sí mismas.
20-06-1992
Este museo tiene mucho de laboratorio. Mi carne se enfría, el oro es suave como la piel, el cristal de las vitrinas está sucio.
Creo en esas balas doradas incrustadas en grandes bloques de hielo. Un hombre aprieta un cincel y todo estalla. El cielo se refleja en el suelo quebradizo.
Las fogatas arquean al hombre hacia atrás. Un líquido rojo hierve dentro del cántaro de piedra.
La cacería de una imagen que retorna en forma alada a la tierra física. El hombre bebe, la oscuridad está lista.
Una forma se endurece y el final es un pequeño murciélago dorado que sangra de sus alas.
Un murciélago en una vitrina.
Un hombre helándose allá afuera.
Narracion e imagen: Juan Desiderio