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Atmósfera
Revista de Poesía
N° 3 - Buenos Aires
Enero 2008

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Eduardo Ainbinder. Poeta, editor y crítico literario argentino. Revista atmósfera. N° 3. Buenos Aires, diciembre 2007.

eduardo ainbinder

Con gusano (2007)

de Carreras tras la fealdad 1995-1996

Desde que echaron

a rodar la bola: pelota cuadrada, su única travesía ha sido rebotar de pared a pared en su infierno privado donde vivió una eternidad cautivo, flagelándose. Sin embargo, un infierno privado nunca estuvo confinado a una sola habitación; más se parece a una caravana extendiéndose de confín a confín, a una contramarcha que mil veces se cruza con la marcha del mundo para volver, con malas noticias del mundo, al cuarto que le es propio: la mente que lo engendró y ser ahí reconcentrado contrapunto equivalente a una ratonera precedida por un jardín; si es que un jardín puede anteceder a una ratonera y un ratón, atareado, chocándose con tallos y espinas, atravesarlo como a un paraíso incomprendido y que esa sea su única travesía terrenal, si es que una mente puede desprenderse de las imágenes de su infierno privado; como el paraíso expulsa al salvaje, o el infierno rechaza al beato.

de Insecto adulto (1997)

El malvado

Ante su tumba: ¿retrocederías como frente al mismísimo huracán, o le reclamarías a viva voz por su vileza? ¿si fuera un pájaro lo llamarías pajarraco? en todo caso si alguno viniera a increparlo o a recriminarle por sus actos deberíamos contestar por él: “¿Y tú quién te crees que eres; la cenicienta?; entonces ve, cómprate una enorme calabaza y haz de ella tu carruaje, o en su defecto ten a un asno por mascota” aunque la mansedumbre sin inteligencia no es serenidad, otorga al cuerpo y al espíritu una paz inservible. Pero ahora que todavía se mueve y respira, ocupado de la manera en que está en hacer un daño tras otro como otros estarán cerrando un libro que han terminado e inmediatamente abriendo un nuevo libro; por favor no lo interrumpas.

de La comidilla de todos (1998-1999)

Anoche salí a patear bien lejos

el embrión de toda creación futura –pues estaba en vena– por lo demás ya no salgo a buscar interlocutores. No saldría de mi casa sino para mirar del lado de afuera de la ventana como por un telescopio hacia el interior de la casa; la jaula desde donde una ardilla girando en su rueda toda simbólica ella me suelta: “el problema de la mayoría de los mortales es que no conocen bien sus limitaciones, si las conocieran no saldrían de sus casas”. Anoche salí a patear bien lejos el embrión de toda creación futura y ya que estaba en vena le abrí la jaula a la ardilla que ipso facto huyó despavorida, pues ella también lo estaba, de paso dando lustre a la antigualla de que las palabras nunca son consecuentes con los actos, y si no que atestigüe aquel demiurgo que, al preguntársele en qué andaba, respondió: “Acá estamos, beneficiando a unos, cagando a otros…”.

de Mi descubridor (2001-2002)

También las generaciones venideras

…objeto muerto del futuro
Horacio Castillo

tendrán su objeto muerto del futuro a quien acudirán puntualmente a decir: “Tú me sobrevivirás”. Sin temor a equivocarme, ya que permaneces innominada en la lista de bajas del destino, acudo a soplarte en la nuca: “Me sobrevivirás”. Sin embargo, no soy un ingeniero, puedo permitirme errores de cálculo, soy el principal proveedor de esta tragicomedia, ¿no me creen? mejor así; cuando las creederas y las asentaderas del gran público se juntan ocurre lo peor; transformándose al tiempo en puras asentaderas, hurtándole el procedimiento a la época de practicar una lenta expiación a través de un cristal de aumento hasta en los actos que se cumplen a puertas cerradas como la defecación, si es que hoy en día tal acto no se cumple incontinenti a la vista de todos, a la medida de cada uno. Será –digo yo– por la corriente tendencia de la plebe a desarrollarse en una síntesis superior sólo de la cintura para abajo.

de Con gusano (2003-2004)

¿Acaso se multiplicarán

como los males y las pestes? No, odiada y odiado hasta ser uno solo, ya no susceptible de adoptar cualquier forma, ni siquiera la infancia o una vida anterior recuerdan su antigua forma humana cuando la madre de todas las cosas ya era lo que es hoy: una anciana requetevieja a la que no se le ven los ojos ni la cara, arrastra los pies y como encorva cada vez más el lomo cada tanto hay que gritarle: ¡Párese derecha! Odiada en el odiado dirige a la madre de todas las cosas la suma de su odio, detesta lo disperso y también a quienes juntan palabras.

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