... Los hombres y los demás animales viven por respirar aire, y el aire hace para ellos de alma y de espíritu, como se pondrá de manifiesto en este escrito; y cuando el aire se retira, muérense y los abandona el espíritu.
Y me parece que él es Dios, porque llega a todo, lo dispone todo y en todo está, y no hay cosa que de él no participe. Mas no hay tampoco ni una sola cosa que participe de él en igual manera que otra, que hay muchas maneras de aire y de espíritu. Porque es el aire en muchos modos versátil, más caliente unas veces, más frío otras, algunas más seco, otras más húmedo, a veces quieto, otras violentamente movido, y otras muchas variaciones hay en él e infinidad de táctiles y cromáticas cualidades.
Y en todos los animales el alma es una y la misma cosa: aire, más caliente que el aire exterior en que estamos, mucho más frío que el aire contiguo al Sol.
Empero, tal calor no es igual en ninguno de los animales sino en gran manera diferente, no tanto con todo que tales calores ya no sean semejantes.
Sin embargo, no es posible que cosa alguna, de las que son diversas una de otra, sea pura y simplemente semejante a otra alguna, sin que sean ya de antemano una y la misma.
Y puesto que la diversificación es múltiplemente varia, múltiplemente varios son parecidamente los animales, y muchos en número, sin semejanza mutua ni en cuanto a sus formas visibles ni en cuanto al modo de vida ni en cuanto a espíritu, por virtud de la multiplicidad de diversificaciones.
Con todo, todas las cosas viven, ven y oyen por virtud de uno y el mismo ser, y por virtud del mismo todas ellas tienen su peculiar espíritu.
Y este ser, uno y mismo, es eterno e inmortal cuerpo; solo, de entre las demás cosas, unas se engendran, otras perecen.
Y este ser, uno y mismo, me parece ser, evidentemente, grande y potente, eterno e inmortal y en muchas cosas sabio.
Traducción de Juan David García Bacca