Toda poesía puede ser llamada discurso medido. Sus oyentes tiemblan de temor, derraman lágrimas de piedad y suspiran con triste nostalgia; el alma, afectada por las palabras, siente como suya la emoción provocada por la buena o mala fortuna que acompaña a la vida y a las acciones de otras personas.
Así es posible desterrar del ánimo sentimientos penosos que lo turban como hacen ciertas medicinas con los humores dañinos del cuerpo.
Nada es.
Si algo es, debe ser el ser o el no ser, o a la vez el ser y el no ser.
No puede ser el no ser, pues el no ser no es; si fuera sería al mismo tiempo el ser, lo que resulta imposible.
No puede ser el ser, pues el ser no existe. Si el ser existiera debería ser ora eterno, ora creado, o ambas cosas a la vez.
No puede ser eterno. Si lo fuera, carecería en absoluto de comienzo, y en consecuencia, sería infinito. Si es infinito no tiene entonces lugar, pues si tuviera lugar estaría contenido en algo, y así ya no sería infinito; pues lo que contiene es más grande que lo contenido y nada es mayor que lo infinito. No puede estar contenido en sí mismo, porque entonces el continente y el contenido serían idénticos, y el ser devendría en dos cosas –lugar y cuerpo a la vez– lo que es absurdo. De aquí que si el ser es eterno, es infinito; si es infinito no tiene lugar (“no está en parte alguna”); si carece de lugar, no existe.