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Atmósfera
Revista de Poesía
N° 3 - Buenos Aires
Enero 2008

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Guillermo Enrique Hudson. Luciérnagas. Naturalista y escritor argentino, nacido en Buenos Aires en 1841 y muerto en Londres en 1922

Pintas

William Henry Hudson, 1841-1922, escritor británico de origen argentino, interesado por las ciencias naturales. Obras: The purple land (1885), El ombú (1902), Greeb Mansions (1904) y A Shepherd’s life (1910).

Luciérnagas

Antaño se suponía que las luces de las luciérnagas (de cualquier familia que poseyese el poder lumínico) era una salvaguarda contra los ataques de otros insectos de costumbres rapaces y nocturnas. Esta era la idea de Kirby y Spence, pero podría muy bien haber sido la Plinio, ya que los modernos entomólogos no le prestaron atención: en realidad, cualquier observador de la época pre-darwiniana es considerado como uno de los antiguos. Las razones que se aducían para las nociones o teoría de la celebrada Introduction to Entomology no eran concluyentes; empero, no era una suposición improbable de los autores, ya que la teoría que recientemente la ha reemplazado en las últimas publicaciones zoológicas parece desde todo punto de vista aún menos satisfactoria. Examinemos primero la teoría obsoleta, como se la debe llamar ahora. Si reunimos un insecto rapaz y una luciérnaga, observamos que las luces de la última realmente asustan al primero y por tanto, en ese momento, está protegida; una protección tan efectiva como las fogatas que encienden los viajeros cuando están en una región donde hay animales de rapiña. Sin oponernos a ese hecho y aceptando que tenemos aquí la razón completa de la existencia de ese poder de emitir luz, un estudio de las costumbres de las luciérnagas nos induce a creer que el insecto se manejaría exactamente igual con ese poder o sin él. Es probable que experimente algún placer al emitir esos destellos de luz, como pasatiempo, al anochecer, pero esto escasamente podría ser considerado como una ventaja para su lucha por la existencia, y con seguridad no cuenta en la posesión de tal facultad. Acerca de las costumbres de la Pyrophorus, la luciérnaga tropical grande que tiene asentado su punto luminoso en la parte superior de la superficie del tórax, nada parece definitivamente conocido; pero se ha dicho que ese instinto es tan sólo nocturno. La Pyrophorus se encuentra en la zona subtropical de la Argentina, y yo nunca la he visto. Estoy sí familiarizado con el muy distante Cratomorphus y la Aspisoma de forma de tortuga, que emiten la luz desde el abdomen; una especie de las Cratamosphus –un insecto largo y delgado con las alas enfundadas de amarillo marcadas con dos líneas negras paralelas– es la “luciérnaga” conocida por todas y excesivamente abundante en la zona sur del Plata. Este insecto es de costumbres estrictamente diurnas, tanto como lo son las mariposas diurnas. Se las ve revoloteando, galanteando a su pareja y alimentándose en las flores umbelíferas y compuestas a todas horas del día, y son tan activas como las avispas en el momento más luminoso, al mediodía. Los pájaros no las buscan como alimento debido al olor desagradable que emiten y que se parece al fósforo; probablemente las hallen no comestibles; más sus insectos enemigos no son tan exquisitos y las devoran rápidamente, tal como lo hacen con las cantáridas que uno imaginaría un bocado capaz de desagradar a cualquier estómago. Uno de sus enemigos es la avispa; otro, una mosca de la rapaz familia Asilidae; esta mosca es en apariencia una avispa con cuerpo púrpura y alas rojo brillante, como una Pepris, y esta semejanza mimética sin duda le sirve de protección contra los pájaros. La mayoría de los insectos rapaces son, sin embargo, nocturnos, y de todos estos enemigos que merodean cubiertos por la noche, la luciérnaga, como aproximadamente conjeturaron Kirby y Spence, se protege, o quizá sea protegida involuntariamente, por medio de sus frecuentes destellos. Ello nos obliga a llegar al siguiente razonamiento: que mientras la mosca doméstica común y muchos otros insectos diurnos pierden una parte considerable del día en ejercicios de entretenimiento, la luciérnaga, al tener con su luz una protección contra los enemigos nocturnos, deja sus pasatiempos para el anochecer; luego, cuando su holgorio de dos o tres horas termina, se retira a descansar, apagando su candil, y exponiéndose así a los mismos peligros que acechan a los diurnos durante las horas de oscuridad. Me he referido de intento al pasatiempo de las luciérnagas, pues realmente jamás pude detectar que en los anocheceres hiciesen algo más que revolotear y dar vueltas en grupo, aparentemente para entretenerse como las moscas en las habitaciones. Así, cuanto más cuidadosamente observamos los hechos, menos satisfactorias nos resultan las respuestas. Que la luciérnaga haya sido provista de una maquinaria tan elaborada, la cual incidentalmente, produce tan espléndidos resultados, tan sólo como protección contra un grupo de enemigos únicamente en el rato en que están activas, es totalmente increíble.
La teoría más común se debe a Belt y es más bella. Ciertos insectos (también algunos batracios, reptiles, etc.) son incomibles por los rapaces; es, pues, una ventaja directa para estas especies que no gustan, que pueden ser distinguidas de todas las perseguidas, y cuanto más notable y bien conocidas sean, será menos probable que los pájaros, los mamíferos insectívoros, etc. las confundan con las especies comestibles y que sean cazadas y dañadas. Así descubrimos que muchas especies han adquirido para su protección colores muy brillantes o contrastantes –colores preventivos– que los devoradores de insectos llegan a reconocer. La luciérnaga, de cuerpo blando, de vuelo lento, es fácilmente atrapable y dañada, pero no apta para ser comida, y por lo tanto –dice la teoría– salvo que fuese lastimada o muerta por error, posee un vivo destello para advertir a sus enemigos –pájaros, murciélagos e insectos rapaces– que no es comestible. La teoría de los colores preventivos es excelente, pero ha ido demasiado lejos. Hemos aprendido que una de las luciérnagas más comunes tiene hábitos diurnos y que desarrolla todo el quehacer más importante de su vida de día, cuando no tiene ni color ni luz para alertar a sus enemigos, y, de cada cien especies de pájaros comedores de insectos, por lo menos noventa y nueve son diurnas. Como he dicho, los insectos rapaces se alimentan de luciérnagas, de modo que esa supuesta alerta no es para ellos, y sería difícil creer que el magnífico dispositivo que tienen esos insectos luminosos sea útil sólo para prevenir accidentales daños que pudiesen partir de murciélagos y caprimúlgidos. Aun cuando quisiésemos creer esto, tendríamos primero que asumir que los murciélagos y los caprimúlgidos están constituidos de manera distinta a todo el resto de los animales, ya que en otros –insectos, aves, mamíferos– la aparición de fuego en la noche parece confundirlos y amedrentarlos, pero evidentemente no puede decirse que previene, en el sentido en el cual esa palabra es usada cuando hablamos de los colores brillantes de algunas mariposas o aun de los gestos de las víboras venenosas y de los sonidos que emiten. Puede constatarse, por lo tanto, que mientras la vieja teoría de Kirby y Spence tenía algunos puntos de sustentación, la que ahora está en boga es realmente fantasiosa. Hasta que lleguen otras sugestiones mejores, sería acaso muy bueno considerar el órgano lumínico como poseedor de una no muy cercana y directa relación con el presentar los hábitos de vida. En cuanto a sus verdaderos hábitos, especialmente aquellos crepusculares, hay mucho que aprender. Un hecho que he observado en ellas siempre me ha parecido muy extraño. Ocasionalmente se ve un insecto emitiendo una luz fuerte y continuada cuya potencia lentamente decrece y crece; en esos momentos está menos activo que los demás, permaneciendo largo rato inmóvil sobre una hoja o desplazándose con un vuelo muy lento. En Sudamérica se dice que una luciérnaga que se comporta de una manera tan anormal está moribunda, y es fácil imaginarse cómo se origina esa idea. La creencia es, empero, errónea, pues a veces, en muy raras ocasiones, todos los insectos en un lugar son simultáneamente afectados de una misma manera, y en esos casos se congregan por millares como para emigrar, o con algún otro propósito. El Sr. Bigg-Wither en el sur del Brasil y D’Albertis en Nueva Guinea, observaron estos agrupamientos de luciérnagas, y yo mismo en una oportunidad tuve la extraña fortuna de presenciar un fenómeno así en gran escala. Cabalgando por la Pampa en una noche oscura, una hora después de la puesta del sol y pasando de unas tierras altas, cubiertas por cardos gigantes, a unas bajas, con pastos altos, al bordear un arroyo, lo hallé llameando por miles de luciérnagas. Advertí que todas exhibían una luz fuerte, brillante y casi fija. Los largos pastos estaban tachonados por ellas, y literalmente invadían el aire. Cuando descendí por este río fosforescente, mi caballo se sumergía y resoplaba alarmado. Por fin logré calmarlo y lo cruzó luego lentamente: mientras, debí mantener bien cerrados los ojos y la boca, pues los insectos me golpeaban con fuerza. El aire estaba cargado por el enfermante olor a fósforo que emiten, pero una vez que estuve libre de esa zona refulgente que se extendía a ambos lados por kilómetros a lo largo del húmedo valle, me detuve y contemplé por un rato esa escena sorprendente y encantadora que nunca había visto.
El efecto fascinante y confuso que ejerce sobre los animales la aparición del fuego durante la noche es un tema de interés; y aun cuando probablemente no haya muchas novedades que queden por decir me siento tentado de agregar aquí  el resultado de mi propia experiencia.
Viajando de noche, con frecuencia he sido sorprendido por el comportamiento de mi caballo ante la vista de un fuego natural, o apariencia de fuego siempre distinto del causado por la visión del fuego creado artificialmente. El reflejo firme que se filtra a través de una ventana o puerta de una casa lejana, o aun la llama oscilante de una fogata solitaria, sólo han servido para avivarlo y despertarle el deseo de alcanzar el lugar cuanto antes; mientras que esas explosiones ígneas poco frecuentes que a veces la naturaleza exhibe, tales como los relámpagos, los fuegos fatuos y aun una nube de luciérnagas, les produce siempre un efecto desasosegante.
Evidentemente, la experiencia les ha enseñado a los caballos domesticados a distinguir un fuego manipulado por el hombre de todos los demás, y conociendo sus orígenes, es tan capaz como su jinete de avanzar hacia él sin experimentar esa confusión o duda mental que le causa un repentino resplandor en la oscuridad, cuyo origen y naturaleza le resultan misteriosas. El fuego artificialmente encendido representa para el caballo la posible meta de su viaje, y se le asocia con el descanso y la comida. Por regla general, los animales salvajes, por lo menos en las zonas poco pobladas, no conocen el significado del fuego; tan sólo excita su curiosidad y también su temor, y se inquietan al ver los fuegos que el hombre enciende, los cuales son más brillantes y estables que la mayoría de los naturales. Nos es posible comprender esta sensación animal dado que nosotros mismos experimentamos algo similar (aun cuando en menor grado y no asociado con el temor) en cuanto al efecto que nos provoca un resplandor, tanto de día como de noche. Al ir cruzando el monótono gris de las mesetas patagónicas por donde durante horas uno no capta el más mínimo tinte de color vivo, el rojo intenso del fruto del cactus o el níveo refulgir del blanco pecho del águila patagónica (Buteo erythronotus) posada en lo alto de una rama distante, ambos han ejercido sobre mí un extraño efecto, fascinante al punto que no podía separar, mientras estuviesen a mi alcance, mi vista de ellos. Otras veces, andando por extensos pantanos, el reverberante plumaje blanco de la garza me ha provocado la misma atracción. De noche experimentamos esa sensación con mayor intensidad cuando la luna riela sobre el agua o cuando un meteoro traza su estela brillante en el firmamento o cuando, en una situación más familiar, sentimos el poderoso hechizo a la vista de las brasas que arden en una pieza oscura: su mero brillo o lo vívido del contraste, fascina la mente. Pero el efecto sobre el hombre es comparativamente débil, debido a su educación no restringida, a su familiaridad con los coloridos artificialmente obtenidos de la naturaleza. Cómo es de fuerte esa atracción de mero brillo, aun cuando no haya misterio en torno, sobre los animales salvajes, se muestra en las aves rapaces, las que atacan casi invariablemente aves de plumaje blanco o brillante donde estén entremezcladas con otras de colorido opaco. De noche la atracción es inconmesurablemente mayor que de día, y la luz de un fuego en el cual fija la mirada le produce rápidamente una confusión mental. El fuego que encienden los viajeros para su protección, de hecho atrae a los animales de presa, mas la confusión y el temor causado por ese vívido reflejo es lo que produce la seguridad del viajero de poder descansar al amparo de esa luz. Los mamíferos no pierden del todo la cabeza, pues caminan en suelo firme sobre el cual el uso de sus músculos y la capacidad de juzgar le son necesarias a cada paso; en cuanto a los pájaros que flotan animadamente y sin esfuerzo por el aire, se confunden rápidamente. Un increíble número de pájaros migratorios se mata por estrellarse contra los vidrios de las lámparas de los faros; en claras noches de luna pueden sentirse seguros, pero en noches oscuras, el peligro es muy grande; más de seiscientos pájaros se mataron en una sola noche al chocar contra la luz de un faro en Centroamérica. Igual efecto que en las clases superiores sufren los insectos; en tierra son atraídos por la luz, pero se mantienen, como los lobos y tigres, a una prudente distancia; mas cuando vuelan a través del espacio y están incapacitados para mantener su vista alejada de ella, se estrellan o bien comienzan a girarle en torno hasta que se acercan tanto que sus alas se chamuscan. Me he dado cuenta de que cuando cabalgo, aun a galope largo, una luz me afecta más poderosamente que cuando me desplazo a pie. Una persona, montada en una bicicleta y pedaleando a través del campo en una noche oscura, sin tener nada para orientarse excepto la idea que tiene en su mente, estaría en la misma condición del pájaro migratorio. Un fuego fatuo excepcionalmente brillante que se desplegase frente a él lo afectaría igual que la lámpara en lo alto del faro afecta a los pájaros; no sólo no podría alejar sus ojos de él, sino que rápidamente perdería el sentido de la dirección, y probablemente concluiría su viaje como muchos de esos pájaros, al romper su bicicleta, y quizá sus huesos, por haber chocado contra un obstáculo inadvertido.

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