Estos poemas corresponden al libro Poesía griega moderna de la editorial Vinciguerra,
Buenos Aires, 1997.
Si de pronto, a medianoche, se oye pasar un cortejo invisible con espléndidas músicas, con voces tu suerte que ya cede, tus obras que fracasaron, los proyectos de tu vida que resultaron todos ilusorios, no llores vanamente. Como dispuesto desde hace tiempo, como valiente, despídete de ella, de la Alejandría que parte. Sobre todo no te engañes, no digas que fue un sueño, que se engañó tu oído; no aceptes esas vanas esperanzas. Como dispuesto desde hace tiempo, como valiente, como corresponde a quien fue digno de tal ciudad, acércate resueltamente a la ventana, y escucha con emoción, pero no con los ruegos y lamentos de los cobardes, como un último placer, esos sonidos, los espléndidos instrumentos del misterioso cortejo, y despídete de ella, de la Alejandría que pierdes.
sé que si tuviera un traje -un frac- de color verde claro con grandes rojas oscuras flores si en lugar del arpa eólica e invisible que me sirve de cabeza tuviera un pan de jabón verde para apoyar suavemente uno de sus bordes entre mis hombros si fuera posible reemplazar el santo sudario de mi voz con el amor que tiene una muchacha metafísica y musical por los negros paraguas de la lluvia quizás entonces sólo entonces podría expresar la fugaz visión de la alegría que tuve una vez —cuando era niño— mirando devotamente en los ojos redondos de los pájaros.
Tenía un caballo. Fue a la guerra. No habían pasado dos meses cuando regresó con un pie amputado. Al verlo su caballo relinchó. Pocos días después, se lo requisaron. Nunca volvió. Y desde entonces, cuando quería recordar algo inolvidable de su vida, algo hermoso —la Virgen, Cristo o el sol por ejemplo— recordaba aquel relincho.
Un día mi hijo mayor dijo "Esta noche volveré tarde a casa". Hice dormir a los pequeños y creo que entonces miré nuestra casa por primera vez. Era vieja y en el invierno con las lluvias habría goteras. 90 donde encuentra fresca absolución la Maniobra desertora, donde desayuna lentamente su coartada cotidiana nuestra Enajenación.
Varones atenienses, ¿por qué nos miráis con curiosidad? Este es mi padre, Edipo, que alguna vez fue un gran rey y ahora vuelve a vuestra ágora herido por el destino, harapiento y ciego, tocando su desvencijado organito. Varones atenienses, cada una de vuestras limosnas añade otra herida a nuestro corazón. Los secretos de nuestra Familia se agravan por los agregados de vuestra imaginación. Dejadnos en paz, hasta cuándo nos arrastraréis de aquí para allá, como a un zíngaro con su oso, mientras los trágicos nos llevan a la escena, nos asedian con detalles y preguntan cómo ocurrió eso, cómo no logró evitar el golpe. Varones atenienses, ¿no basta que mi padre fuera poeta, el introductor del simbolismo, el que con el epigrama "Respuesta a la Esfinge" salvó la vida de muchos de vosotros -aparte del placer estético? ¿Por qué os metéis en su vida privada buscando complejos edípicos, amores ilegítimos y placeres que prohíbe la moral corriente? La "Respuesta a la Esfinge" es suficiente. El resto dejadlo en la penumbra. Después de todo, él lo hizo sin saber, mientras vosotros lo hacéis con pleno conocimiento.