Atmósfera

Revista de Poesía
N°4 - Buenos Aires
Junio 2009

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Claudia González. Narradora argentina. Relato. Revista Atmósfera Nº 4. Buenos Aires, 2009.

Claudia González

En el campo

Desayunaban en la galería que daba al campo abierto. Un sol tibio señalaba la presencia de los objetos. Estaban callados, era temprano y la mesa estaba servida. De las tazas de café con leche subía un humito zigzagueante y sutil que armonizaba con los ánimos de los dos hombres sentados.

-Esta es la lista de cosas para llevar a Buenos Aires -dijo uno desdoblando un papel.

-Pasamelá -pidió el otro y empezó a leer en voz alta-: cuadro de los viejos en el living, cuadro del bisabuelo... este bisabuelo es el que compró la estancia, ¿no?

-Sí.

-Incunable francés, sillón savonarola doble... ¿en qué lugar del departamento vas a ponerlo?

-En el palier. Entra justo.

-Ajá. Colecciones de Fabulandia y Robin Hood, incensario de bronce de la iglesia de Viboratá, juego de Limoges, enciclopedia Británica, par de floreros Lalique firmados.

-Entre los dos autos llevamos todo de una vez. Preparemos con cuidado los óleos para que lleguen en condiciones a Buenos Aires.

-Los caseros nos van a ayudar, les avisé por teléfono y dejaron las cosas en el hall menos los cuadros para que los embalemos nosotros. Traje cinta y cartones.

Terminaron las tostadas con manteca. Uno de ellos armó un porro. Fumó tranquilo, mirando el horizonte y el suave recorte de los árboles contra el cielo. Giró la cabeza para decir: -Ponemos los cuadros en el hall donde están las otras cosas y ahí armamos los bultos, ¿te parece?

-Me doy una ducha y empezamos -Nicolás dejó la servilleta sobre la mesa y su figura se alejó afiligranada a través de los vidrios de la puerta de madera.

El sol estaba más alto y las cosas empezaban a brillar. Incluso las opacas.

Álvaro se despatarró sentado a la mesa y encendió un cigarrillo, bajó los tres o cuatro escalones que lo separaban de la tierra, caminó unos pasos y se acostó en el pasto boca arriba a tomar sol y respirar el aire entre las plantas. Leve, su mente quedó en blanco, los ojos cerrados. Cuando terminó de fumar, apagó la brasa y guardó la colilla en un bolsillo del pantalón.

Entró en la casa, atravesó el vestíbulo y llegó al hall central. Una lucarna con vitraux dejaba entrar la luz que formaba dibujos geométricos sobre el piso damero.

Debajo de la lucarna las formas coloridas se reproducían sobre la remera clara. Las luces adornaban su vestimenta y parecían brotar de su cuerpo, atentas bailarinas a sus pasos, a los pliegues de la cara, a sus dudas. Otras puertas conducían a la biblioteca, el escritorio, el living y la cocina.

Nicolás bajaba las escaleras con un óleo cuadrado de metro y medio. El marco de madera dorado a la hoja devolvía brillos amarillos que contrastaban con la figura seca y oscura del centro del cuadro.

-Álvaro -llamó desde el descanso-, te paso este. Ahora bajo el otro.

Lo sujetó por debajo con ambas manos. La cara del bisabuelo pasó de frente a medida que descendía, desmesurada, a escasos centímetros de su rostro. Lo apoyó sobre el suelo. Retrocedió unos pasos y se acuclilló para observarlo mejor. Sonreía imperceptiblemente, la mirada generosa perpetuada en unos ojos precisos, certeros. Contemplaba al bisabuelo cuando escuchó que Nicolás bajaba los primeros escalones diciendo: -Acá va éste. Te lo paso.

La otra tela era el retrato de los padres en el living. La madre estaba sentada, las piernas juntas, escrutando al observador. Parecía cómoda y sin mayores problemas. El padre, en cambio, de pie, en una posición defensiva. Tenía la cabeza levemente girada. Los ojos fijos en un punto lejano y abarcador. En la mano derecha llevaba un bastón de madera, alto como su esposa sentada; en la punta un arreglo de plata o peltre repujado.

Lo colocó al lado del cuadro del bisabuelo cuyo rostro era casi tan grande como la pareja. Eran de artistas distintos.

Nicolás terminó de bajar las escaleras y se dirigió a buscar la cinta de embalar.

Armaron los bultos, cargaron los autos y acordaron la hora de partida al día siguiente. El casero les ensilló dos caballos para ir a la playa después del almuerzo. Los acompañaron dos perros, un ovejero alemán manto negro, fuerte, sano, de pelaje extraordinario y porte salvaje. El otro, un bóxer color té con leche, de rabo corto y pecho blanco.

Salieron apenas iniciada la tarde. Querían llegar a la isleta de los flamencos.

Al galope corto atravesaron el campo hasta un monte de eucaliptos próximo a la casa; luego otro largo tramo llano hasta las dunas rematadas por cabelleras de diente de león en las cimas. A medida que avanzaban, el mar se les ponía delante. La playa solitaria, luminiscente, invitaba a descender. Dieron una vuelta hasta un sendero. Adelante los perros iniciaron una carrera veloz que finalizó entre las olas espumosas.

La playa ardiente, cruda e interminable extensión de faja costera, el sonido del oleaje verde, la brisa suave y la tensión muscular de los caballos los agitaron en una carrera paralela al mar hasta la casita de madera sobre una duna lejana y pequeña. Desmontaron, se desnudaron y terminaron, como los perros, en el agua.

Las agua vivas los devolvieron a la arena. Apaciguaron el frío tumbándose al sol de las dos de la tarde.

Un barco petrolero se veía en el horizonte radiante desplazándose a gran velocidad.

-¿Estará en Buenos Aires cuando lleguemos? -preguntó Nicolás.

-¿Quién?

-Albertina. No sé donde está, ni con quién. En algún momento tiene que volver. A su casa o a lo de la madre.

-Qué te importa. Aprovechá que estás solo para decidir.

-Tengo que verla. No puedo pensar si no sé dónde está. La extraño. Tengo ganas de cogérmela ahora, ¿entendés?

- ¡Pero qué te pasa boludo! -gritó Alvaro empujándole con fuerza un hombro.

Empezaron a pelear. A trompadas limpias, se revolvían en la arena. Los perros los rodearon ladrando. Se sacudieron durante media hora. Rendidos, recobraron el aliento en el piso, untados de arena y sudor.

Sin hablar cabalgaron lentamente por la orilla hasta una ensenada en cuyo centro se veía el rosado tenue de cientos de aves formando un manto acolchado y plumoso.

Se apearon y, con el agua a la cintura, atravesaron la porción de mar que los separaba de la isleta íntegramente llena de flamencos rosa, altísimos, de pico negro. Las aves se movían armoniosas a medida que los hombres avanzaban sobre el estrecho terreno.

La vuelta fue pausada. Recorrieron la playa desierta bordeada por las dunas custodias del océano y después el campo chato.

Cenaron cansados.

Las cortinas de la habitación de Alvaro estaban cerradas. Daba a un gran balcón y la noche entró cuando abrió el ventanal. Corrió las mantas de la cama y se recostó mirando el techo. La tumultuosa oscuridad se sentía enteramente en la habitación.

El saludo de la casera desde el otro lado de la puerta lo separó definitivamente de aquel día.

-Hasta mañana, le dejo el desayuno servido en la cocina -dijo yéndose por el pasillo alargado.

-Hasta mañana -miró la sombra moverse por debajo de la puerta. Empezaba a dormirse -gracias -susurró. Más tarde creyó ver un hombre de pie a su lado completamente furioso justo antes de golpearle la cara. Después se vio a sí mismo corriendo atontado por el pasillo que lo separaba de la habitación de su amigo. Nicolás estaba muerto, rígido y frío vestido con la ropa que llevaba durante la cena. El bastón con el arreglo de plata se encontraba a su lado patinado de sangre seca. Una mancha roja cubría sectores de la cama y se oscurecía cerca del pelo.

A la mañana siguiente, se despidió de los caseros en la entrada principal de la casa y no paró hasta el barrio norte en Buenos Aires, seis horas después.